EL HOMBRE BURBUJA
BUNBURY
Oficina, 18:15h. Sin darme cuenta y sin saber por qué me he encontrado con cientos de fotos. Esa puerta nunca la abro. Esa puerta nunca se abre.
Primeros planos, fotocopias de caras en blanco y negro. ¿Qué hace toda esa gente? ¿De donde han salido? ¿Qué miran? Algunas anotaciones, fechas, números, garabatos. 2002, 2007, han pasado más de tres años y parece que siguen aquí mirandome. Creo que esperando. No sé que será de ellos. No sé si sus números llegaron a algún sitio, no sé si ellos llegaron a casa. No voy a comprobarlo, no puedo, no debo.
La montaña pesa más de lo que me parece en un primer momento, pero tanto los números como sus miradas son silenciosos. No se quejan cuando los amontono, ni siquiera cuando los encierro hasta que definitivamente sean destruidos.
¿Dónde estaba yo hace tres años? Aquí no. En este despacho no. Casi ni lo recuerdo, es lo bueno de ser un desastre en tantas cosas: las fechas se pierden, me es imposible encajarlas.
